Una reflexión desde Piedecuesta sobre la aceleración de la inteligencia artificial y el reto jurídico, ético y empresarial de responder por sus decisiones.

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¿Y si la singularidad no fuera un evento… sino un recuerdo?

Hace unos días hice una parada en la estación Terpel de Piedecuesta. Mientras mi camioneta eléctrica se cargaba, pedí un capuchino, abrí el iPad y empecé a leer las noticias.

En su ensayo The Gentle Singularity, Sam Altman escribió que ya estamos más allá del «horizonte de sucesos» y que el despegue ha comenzado. Mi reacción fue inmediata: qué afirmación tan exagerada.

Cinco minutos después pensé exactamente lo contrario.

No porque ahora crea que existe una inteligencia artificial más inteligente que toda la humanidad o que los robots estén a punto de gobernarnos. Cambié de opinión porque entendí que quizá estamos imaginando la singularidad de la manera equivocada.

Durante años la hemos esperado como quien espera un eclipse: un momento preciso que todos veremos al mismo tiempo. Pero las revoluciones tecnológicas nunca funcionan así.

Nadie despertó una mañana diciendo: «Hoy comenzó Internet». Tampoco hubo un día en el que todos entendimos que el smartphone cambiaría nuestra forma de trabajar, comprar, viajar o relacionarnos.

Simplemente ocurrió. Primero fue una novedad. Luego una herramienta. Después una necesidad. Y un día descubrimos que ya no sabíamos vivir sin ella.

Creo que con la inteligencia artificial está pasando exactamente lo mismo.

Mientras discutimos si la singularidad llegará en cinco, diez o veinte años, la IA ya escribe informes, desarrolla software, analiza contratos, interpreta exámenes médicos, crea campañas de marketing, negocia con clientes y coordina agentes que trabajan junto a otros agentes.

Lo realmente sorprendente no es que haga todas esas tareas. Lo sorprendente es que cada mes las hace mejor que el anterior.

Ahí está la diferencia. Durante siglos la tecnología avanzó porque los seres humanos inventaban mejores herramientas. Hoy las herramientas empiezan a participar en la creación de herramientas todavía mejores.

Ese cambio parece pequeño. En realidad, lo cambia todo.

La idea no es que la inteligencia artificial ya haya superado a la humanidad. Es algo más incómodo: la velocidad del progreso tecnológico puede estar superando nuestra velocidad para entenderlo.

Y cuando eso ocurre, las consecuencias no aparecen primero en los laboratorios. Aparecen en las empresas, en las universidades, en los gobiernos y también en profesiones como la mía.

Como abogado, cada semana veo organizaciones preguntándose si deberían incorporar inteligencia artificial. En mi opinión, esa conversación ya quedó atrás.

La verdadera pregunta es otra: ¿quién responderá por las decisiones que tome una inteligencia artificial?

Porque la IA ya no es un experimento. Está contratando, recomendando créditos, revisando contratos, detectando fraudes, seleccionando candidatos, redactando políticas corporativas y participando en decisiones que hace muy poco eran exclusivamente humanas.

Eso significa que el mayor desafío ya no es tecnológico. Es jurídico, ético y empresarial. Y sospecho que muchas organizaciones todavía no lo han entendido.

Quizá dentro de veinte años los historiadores discutan cuál fue el verdadero inicio de la singularidad. Tal vez mencionen un nuevo modelo de OpenAI, una innovación de Anthropic o algún descubrimiento que todavía no conocemos.

Personalmente, creo que estarán buscando la fecha equivocada. Porque las grandes transformaciones no suelen anunciar su llegada. Solo las reconocemos cuando miramos hacia atrás.

Mientras terminaba mi café, el cargador indicó que la batería estaba completa. Guardé el iPad y seguí mi camino. Pero hubo una idea que se quedó conmigo.

Quizá el día en que podamos señalar con certeza cuándo comenzó la singularidad… será porque llevaremos años viviendo dentro de ella.

Y, si eso resulta ser cierto, la pregunta más importante ya no es cuándo llegará el futuro. La verdadera pregunta es si nosotros estamos evolucionando al mismo ritmo que él.

☕ Este café queda servido.

¿Tú qué opinas? ¿Sam Altman exageró para abrir el debate o simplemente fue el primero en decir en voz alta algo que ya estaba ocurriendo delante de todos?

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